sábado, 16 de julio de 2011

Llegada de un punto intermedio

El apetecible apagón de luces vespertino vuelve con la música adecuada y un elemental saber estar. El florecer tiene su encanto, pero algo hay en ese bajón de altas horas de la tarde que llama la atención de ciertas miradas atentas. Un fin y un comienzo. El final de la luz y el comienzo de la oscuridad. En el tiempo de transición entre ambos estados se encuentra la gracia.
El sol se oculta, el tiempo activo muere y llega la penumbra mientras los trabajadores de una biblioteca pública exigen el desalojo del recinto con el gesto peculiar de colocar algún ruido intenso en los altavoces. La interrupción de la concentración es al mismo tiempo el llamado a otro estado, puede que también sea un preludio del sueño. Dos puntos intermedios se juntan para sobrecoger al que les transita.
Las casas del cerro son los mejores testigos del cambio. Receptoras de luz apagada, con un claro tinte naranja que las recorre a medida que el sol se oculta. ¿Qué tienen esas casas? El reflejo es el mejor espectáculo que entregan las horas intermitentes del atardecer. Los coches se acumulan con el regreso a las guaridas, en los bancos de los parques se aglomeran las personas y yo vuelvo a casa meditando la tarea cumplida y deseando otra puesta de sol.

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