Los acordes son precisos y cada uno se justifica a sí mismo en el interior de un piso de la Cuesta mientras el tiempo amenaza con lluvia. Los sentidos están alerta ante un no sé qué que quién sabe cuándo llegará. El entorno ideal para un juego. El ambiente late y suena una guerra que parece llegar desde el futuro a paso acelerado; se toman los últimos respiros antes de un enfrentamiento, todo a su tiempo.
Ya llega la cabalgata y el ejército que entona una canción que no escucho. Preludio del un fuego que lo tire todo. Todo lo que va a arder merece resquebrajarse en las fosas a las que están destinados los recuerdos, sin que un solo cimiento quede en pie. Los edificios tiemblan porque saben que no hay viga que aguante esa energía, la que viene para permitir un nuevo comienzo. El crujir del concreto. El crujir de un apartamento entero al sentir su inminente caída, consciente de la justificación de todo lo que pasa.
Una canción que da ritmo a una historia americana pone a temblar suelo europeo: la curiosa forma en que se desatan los augurios. El cielo con capota gris prometiendo lluvia. En el interior de un piso de la Cuesta un hombre se pregunta el tipo de preguntas que quizás no se deben preguntar en un día de tempestad.
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