Bajón y susto al ver el fondo. El encuentro con lo que te ciega. El encuentro con lo que, aunque pudieses, jamás querrías ver; no existen las ganas de llegar y, sin embargo, se llega al punto en el que todo se transforma en indeterminación.
La pregunta por el sentido; la pregunta latente que no se escapa en el momento idóneo para su planteamiento. Llega la interrogante de la mano del los por qué, los dónde y los en qué momento. Todo junto. Todo de golpe. Todo al unísono para terminar de ametrallar las pocas certezas restantes de un momento de luz en el que se creía entender el sentido de todo aquello que ahora se cuestiona.
El estado residual de completa aceptación. La necesidad de dar un paso sin cuestionarse el mismo. Completa aceptación del que se resigna a ser lo que es, dejando a un lado los signos de interrogación; quedándose con una puntuación más simple y más acorde con la realidad que destroza todas las instancias de certidumbre.
Y todo es lo que será. Ninguna idea permeando la realidad estática. Pocos planteamientos ante la confrontación con la realidad propia.
Pronto llega el anhelo de otro instante de ensueño que disipe la resignación.
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